martes, 24 de febrero de 2009
Condenado
Habíamos reñido la tarde de ese mismo día, los ánimos se calentaron y nos rompimos la cara. Me asalto un fuerte sentimiento de cólera y lo amenace mientras le picaba el pecho con el índice de la mano izquierda. Sin mas que decir y sin esperar respuesta, me marche dejándolo parado a mitad de la calle con cara de estupido, como desconcertado totalmente, la camisa llena de la sangre de ambos y los puños crispados. Fue un escape triunfal.
Y digo escape, por que seguramente no tardaban en llegar unos camaradas suyos con muy mala fama. Eso si se hubiera puesto feo.
Caminé, pues, al bar de siempre y en el trayecto pensé bastante sobre lo ocurrido. Me sentía fuerte, invencible, macho y un completo idiota para variar. ¿Cómo se me pudo ocurrir decirle tal tontería y precisamente a el? A mi edad ya no se esta para dejar salir así las palabras, como si fuera un adolescente boca suelta. Una cosa era darnos de golpes y otra muy distinta amenazarlo de esa forma. No es bueno meterse con gente tan peligrosa, pero en fin… Lo hecho, hecho esta, me dije. Deje descansar mi mente, puse de lado los pensamientos tan negativos que me taladraban las sienes insistentemente y unos minutos después ya tenia una cerveza, un cigarrillo y el mejor asiento junto a la barra. Solo me quedaba esperar lo más probable e inevitable por cierto. Un par de horas a lo mucho, que semejaban años, siglos, todo el tiempo inventado y tal vez más, en una espera de más repugnante.
Cuando se escuchaban pasos que amenazaban con cruzar la pequeña portezuela blanca del recinto, me estremecía y la sangre me recorría todo, como queriendo brotar del cuerpo. Temía que esas sombras cercanas a la entrada se materializaran de un momento a otro en mi seguro ejecutor. La parca llegaría de repente con botas picudas y sombrero.
La embriaguez que aumentaba a cada trago, al contrario de lo que creí, solo contribuía en tornarme mas paranoico, mas absorto en el problema, concentrado al punto de aislarme completamente del mundo y captar una interminable y repetitiva serie de alucinaciones en el fondo del cristal sucio de mi cerveza.
No sabia que tenia tanto pánico a morir, sin duda me di cuenta de ello y mi espíritu toco fondo. Comencé a arrepentirme en silencio, con algún otro borracho o a grito abierto. Quería expiar toda mi vida entre aquellos inmundos seres tan iguales a mí.
Confié mi pasado y mi presente, llore y me retorcí las manos por varios minutos, llegue al grado de arrancarme el cabello por la desesperacion, deseaba estar muerto en lugar de vivir una espera tan terriblemente larga. Gemía y seguía vaciando tarros de cerveza como un loco.
Ya hasta había planeado como seria todo: El tipo llegaría con sus amigos a matarme, pensé. Y lo haría, no sin antes propinarme una golpiza espantosa, me romperían todos los huesos y me seguirían golpeando hasta vomitar, luego me harían tragarlo. Del cabello y arrastrando me llevarían hasta un automóvil, me subirían a empujones y de ahí conducirían hasta algún llano o terreno baldío para matarme y dejarme tirado como comida para las ratas. Y si les venia en gana, nadie se enteraría del asunto, ni siquiera mis allegados.
Así acabaría todo, en menos de una hora, estaba seguro.
Aquella locura de extrañas invenciones mentales duro un rato. Me estaba calmando y me iba a retirar, tal vez ya nada pasaría, sabían donde encontrarme, siempre estaba en ese bar y sin embargo no habían asomado sus narices por ahí. Iba a levantarme del banco pero algo me detuvo un segundo antes de hacerlo. La puerta se había abierto y era obvio quién acababa de entrar, no tuve siquiera que volverme para saberlo. Era el tiempo, el momento había llegado.
Gire sin pararme y me tope con el rostro que horas antes había golpeado tan efusivamente, no se veía muy mal pero el semblante tan serio lo hacia parecer como recién apaleado.
El y sus tres acompañantes tomaron asiento cerca de mí y con un movimiento de cabeza se hicieron servir un trago. Cuatro copas se vaciaron al mismo tiempo, el ambiente se congelo, un presentimiento flotaba en el aire entre las moscas, los olores de tabaco, sudor y vino y el hedor que salía de las bocas de los ebrios inconcientes en la barra.
De pronto dos palabras atravesaron la densidad de la escena como un cuchillo ligero y mortal:
-Que tal- dijo el tan esperado visitante, mas como soltando un escupitajo que un saludo.
-Que tal- conteste de igual forma.
Aun en ese momento me quedaba un poco de osadía.
-Quiero aclarar lo de esta tarde-dijo mientras jugueteaba con una mitad de limón que había en la barra.
-¿Aclararlo?-dije casi entre dientes.
A quien trataba de engañar, la conversación era una mera formalidad antes de destrozarme hasta el alma. Para que postergarlo.
-Si, aclararlo- contesto-digo, saber que fue lo que me dijiste cuando acabamos de pelear. Estaba bastante aturdido, había demasiado ruido en la calle y solo te veía picarme el pecho pero no logre entender nada. Tal vez quisieras repetírmelo, puede ser que se trate de algo importante. Eh, ¿qué dices?, ya no me interesa la pelea, ni por que paso, solo saber que fue aquello que no pude escuchar.
-Ah, si –fingí inocencia- Pues no recuerdo muy bien, sin duda era cualquier sin sentido de esos que se le escapan a uno cuando esta enojado.
-Eso pensé-dijo, dibujando en su rostro una escueta sonrisa, una mueca como de malvada satisfacción.
El maldito no quería la verdad, seguramente me había escuchado claramente cuando lo amenace. Solo quería imponer su poder ante mi, quería ganar luego de la paliza que le había dado, deseaba humillarme y el sabia que eso era peor que cualquier tortura.
Prostituí mi orgullo y mis convicciones pero salve el pellejo. Solo un imbecil se permitiría morir en manos de semejante alimaña. No era mi último día.
El cantinero nos sirvió un trago, brindamos y todo quedo olvidado.
Por: G. C. R.
lunes, 23 de febrero de 2009
El que descansa

los clamores que la roca exhala
y la impavidez de los otoñales
campos yermos se vera atiborrada parte
a parte por las culebras del cielo.
Los vientos más fuertes salen
a ver la mudanza de las almas.
Nadie, al que descansa, busca olvidar
por que olvidados no se imaginan
en la postrera, cuando los ojos
sean sellados por dos símbolos
de metal que son lo que al concluir
congela lo que restaba aun tibio.
No cesaran los más viejos llantos,
sea la inmortalidad por medio,
que avivan con su cuchichear
los tímpanos erizados y débiles
de quien espera mirando fijamente
hacia un lugar que nunca ha estado ahí.
Y cuando el silencio suena más
alto que la voz se puede percibir un
ave cayendo eternamente desde algún
lugar infinito que en otros tiempos
pudimos ver.
Llenos de enigmas, hoy, y con manos vacías
Intentamos tantear torpemente el corazón
de la nada.
Todo con el sol emerge y gira.
La salida del sol trae su ruido propio.
Un estertor entre los sonidos del alumbramiento,
difusas voces, llantos, plegarias,
gritos, risas, bebidas tibias y alguna vez
un ruego silenciado por una mano
enorme, pesada y ebria de cólera.
Por eso muchos prefieren abandonar
el sueño cuando la luz ondula en
un punto más alto del mar detenido
allá arriba.
Allá donde nosotros somos los muertos
por estar abajo y donde nuestros muertos
son los cimientos minerales que sostienen el suelo
cual mortero.
Así es como ocurre y se ve la muerte
cuando la carne baja a reunirse con la tierra.
Sean pues de los cuerpos gélidos que
nuestras huellas soportan, estos versos,
como constancia de su inextricable
e impetuosa resistencia al tiempo, que
es el peor de los gusanos y el peor
de los hospederos.
Alma, tiempo. Buena cara
El alma se resiste
al desencanto.
El poeta
a veces busca y piensa,
pero el amor,
el verdadero amor,
lo sitúa siempre en la orilla
de un mar con besos
y con aromas miles
Busca el poeta alejar
de si el dolor y la amargura,
y hasta la felicidad misma
cuando todo eso va ligado
a la mujer, que en el camino
es musa y piedra
Arranca de si
cualquier línea de aquel
embeleso, pero hay algo
aun mas grande que
la voluntad.
Y cae el poeta de su fortaleza.
Cae en picada a un suelo
raso, árido, reseco como su alma.
Un suelo que lo espera
de tiempo atrás.
Cae por que tiene que caer
y salvarse de la sed
allá tan arriba.
Baja a beberse el amor
de un trago para que no le ardan
el corazón y el cuerpo.
¿Y a quien culpar?
Culpa sea expirar
del que no escucha las voces.
Esas voces tienen la razón.
Vienen de adentro.
De un mundo más profundo
que el nuestro. De una realidad
más pura y nítida.
Ahí el poeta no se puede mentir
y no me miento.
No me miento, pero la vida
esta que ondula ante mis ojos.
Se mueve a todos lados.
Se aleja de la vista por
caminos divergentes
Culpa sea de mi por
ser poeta y tan vivir enamorado
Por: G. C. R.
Son sombras
perdidas en suspiros de dolor.
Son la metamorfosis y la creación
de un ente infinito y silencioso.
Y que venga el ángel con su trompeta
que no mucho arrancara de cualquier cuerpo
vacilante y débil.
La luz nos hace perecer mas amargo y lento, pero
no hay salida
(Toda palabra de lujuria
es pura codicia para el alma
y fortalece la convicción.
¡Alabadas sean!)
Y alabadas también
las causas perdidas,
con su enigmático
simulador de duda,
con su extraño elemento
semejante a la sorpresa:
Vidas iguales, pero muertes mejores.
Las sombras:
Son décadas sin brillo,
más y más lejanas
pero sin perder su aroma
a romance lunático y
a ilusión antigua.
Aquí las rocas han dejado
su rastro primitivo una vez,
sin embargo, el viento trajo
de regreso polvo.
Aun de día son sombras
pero de noche la historia regresa.
Esa farsa, sin principio ni llegada.
Por: G. C. R.
jueves, 22 de enero de 2009
Verídico
- Es el sueño más real que he tenido –terminó de hablar y yo lo acompañé con una ligera carcajada producto de la sarta de cosas que me acababa de decir. Al parecer le ponía mas detalles al relato cada vez que lo contaba. -Te lo juro, cabron- remato, al ver que no le creía del todo (mas bien nada) y se quedo refunfuñando mientras me alejaba por la acera contraria al cementerio. Lo deje ahí parado. Permaneció como yo lo encontrara, justo enfrente de la puerta contándole la historia a todo el que pasaba.
Según el, un forastero lo había visitado mientras dormía. Un hombre grande, vestido con una levita café y con un sombrero negro como de charro. El extraño visitante le había alertado que acababan de enterrar a un hombre vivo en el panteón viejo. Don Carlos estaba totalmente seguro que el hombre del que hablaba el tipo del sueño, era Rafa, un carpintero no muy conocido en la colonia atropellado hace un par de días y enterrado el día anterior.
No había forma que el pobre de Rafa aun estuviera vivo. El camión que se lo llevo de corbata iba bastante rápido, según dicen, y bastaba con ver como quedo la bicicleta para imaginar como había quedado este cuate. Además, antes de velar un cuerpo se le prepara llenándolo de no se cuanta cosa para que tarde mas en descomponerse (la verdad no entiendo para que) No se si en este caso haya sido igual. El mismo Don Carlos había estado presente en el entierro que fue, por cierto, la única vez que vi a Rafa vestido de traje. Lo enterraron con un traje negro que le daba un aire como de mesura ante la muerte, zapatos de charol, corbata azul y con un reloj de bolsillo que le había heredado su abuelo pidiéndole como voluntad mortuoria que lo usara hasta el último día de su vida. Recuerdo que Don Carlos se acerco a la viuda mientras se echaban las ultimas palas de tierra y le dijo algo que la turbo un poco. Tal vez alguna condolencia que le hizo recordar como fuese su marido en vida y que ya no volvería a serlo, ya de por si daba pena haberlo visto en el cajón tan joven y tan muerto. Quien sabe, por eso no me gustan los entierros aunque a ese si asistí por que, aunque no conocía muy bien al muerto, siempre me cayó bien.
En fin que tanto se empecino Don Carlos que se decidió sacar el cajón para revisar que tan vivo o que tan muerto estaba el atropellado.
Se llego el domingo y se dio inicio a la tarea de desenterrarlo para que “viejito molesto”, como decían los empleados del cementerio hartos ya de Don Carlos y su tonterías, dejara de molestar. Había hablado como cincuenta veces a la presidencia a exigir que se checara ese asunto, y aquel domingo, cuatro días después del entierro, por fin se pusieron manos a la obra.
Toda la colonia estaba ahí y hasta algunas personas de fuera. Sin expresarlo, cada mirada sobre el ataúd que ascendía lentamente, esperaba ver a Rafa moviéndose o al menos encontrar dentro del cajón algún vestigio de que hubiera forcejeado para salir de allí antes de morir por falta de aire. Por fin el féretro estuvo afuera y con la puerta totalmente abierta. La multitud se abalanzo para echar un vistazo y Don Carlos se abrió paso a empujones exigiendo espacio para ver al joven ya que el era el del sueño y el tenia más derecho de hacerlo. Se inclino dentro del cajón y dijo unas palabras al oído del muerto, se irguió un poco sosteniéndose de su gélido escucha y tomando el reloj del bolsillo del muchacho se irguió completamente.
– Tu esposa me dijo que el dinero que te preste te lo preste a ti y no tenia por que pagármelo, pero con esto estamos a mano. De todas formas ya no lo vas a usar- se sonrió y se fue caminando con su pasito lento y pausado de siempre bajo la atónita mirada de todos los que iban con el fin de presenciar una resurrección o algo por el estilo.
- Pinche viejo cabron- se escucho la voz de la viuda que metida en el montón de gente casi se desmayaba de la indignación. Desde aquel día ya no veo igual a Don Carlos, se gano mi respeto con toda esa farsa que hiló para cobrarse una deuda con sus propias manos y hasta comenzamos a llevarnos bien.
Por: G. C. R.
jueves, 15 de enero de 2009
EN BUSCA DEL KLINGSOR
Su mente estaba fraccionada y ambas partes estaban en diferente bando. Creía, y lo sostenía, que encontraría al hombre que buscaba, ese apodado el Klingsor. Al mismo tiempo, su cerebro, aunque trastornado, sabía perfectamente que el Klingsor era una organización constituida por los más grandes científicos de época, entre ellos un tal Albert, muy famoso e inteligente según decían.
A Bacon no le preocupaba eso, el quería lograr algo. Estaba loco, es cierto, pero tenía determinación.
Cada hombre de ciencia al que el teniente recurrió cuando comenzó su búsqueda del Klingsor tenía la mente perturbada por lo decadente de la época. Además la presencia de Bacón significo en cada uno de ellos, físicos, matemáticos, incluso algunos psicólogos e historiadores que a lo largo de las sesiones no he mencionado por su escasa trascendencia publica, un terrible y desgarrador recuerdo de todo lo que vivieron antes y después del gobierno de Hitler. Pues aun siendo parte del Klingsor, todos los científicos sufrieron por la problemática de aquellos años debido a que algunos se incorporaban y otros más salían del organismo.
Me detengo unos segundos para tomar aliento y Ulrich me clava la mirada. La mirada que utiliza siempre aquí en el sanatorio para hacernos seguir hablando cuando estamos en terapia o solo para hacernos obedecer, así que prosigoò con el relato.
-Nunca perseguimos un bien político sino el conocimiento. A decir verdad, algunos físicos que contribuyeron en el proyecto atómico alemán bajo el sobrenombre de Klingsor también trabajaban para el gobierno estadounidense y estaban dispuestos a cualquier consecuencia con tal de imponer su saber sobre el de los demás.
Incluso Heinsenberg y Bohr al ser cuestionados por mi amigo, inventaron una historia absurda, igual o mas que la que Bacón entretejía a cada acto que realizo durante su empresa. Dichas historias únicamente contribuyeron a que el teniente no desistiese de su propósito pues viniendo de tan grandes mentes cualquier mentira podía creerse y aceptarse como verdad única. Entonces continúo en busca de ese ser tan poderoso capaz de manejar el mundo incluso llevando como tarjeta de presentación un seudónimo sacado de una obra de teatro. Esa bestia que destruyo la vida de millones utilizando deliberadamente la física, la química y las matemáticas con el fin de demostrar el poder de la ciencia. Y yo le ayude- termino y aprovecho para tomar aliento.
Si bien todos los científicos son malvados, como ya se ha dicho, Francis Bacon es el peor.
Bacon escudriño en su propia mente hasta rebasar la línea de la cordura y me arrastro a mí en su loca desesperación.
Desde que la farsa comenzó se dio inicio a la obra maestra que culminaría con mi razón y la de muchos. Entonces todos nos convertimos en cómplices y victimas.
-El telón se abre -prosigo mientras Ulrich revisa sus notas- y dos hombres de ciencia emprenden una búsqueda con devoción admirable de algo poco menos que un mito, el Santo Grial. Un misterio que a la larga se convirtiese en un gran muro.
La función sigue y aparecen en escena los hombres que junto con estos dos todo el tiempo han sido su propio enemigo. En conjunto mienten, se sienten tristes pero rejuvenecidos y comienzan a vivir de nuevo para reescribir la historia. Que pierde el mundo si la verdad es embellecida y unos cuantos empiezan a alimentarse de una fantasía creada por un teniente y un patético matemático a la deriva, que hoy en día esta en tramites de abandonar el manicomio que lo albergo por cuatro décadas.
Hasta ahora eso es todo. El teniente continúo según tengo entendido, con Inge. Algunos científicos que fueron parte del Klingsor están muertos mientras que otros desearían estarlo. El pasado los devora.
Ulrich se me acerca con un semblante tierno y dice.
-¿Así que todo el tiempo el famoso Klingsor fueron varios estudiosos de la época y no solo uno como me contó la primera vez que hablamos, Gustav?
-Así es -le digo despreocupadamente y continuo- Mi versión no habría tenido ninguna gracia de no haberle incluido un poco de mentiras, Ulrich. Creo que nunca le comente que además de ser matemático siempre me apasiono la escritura y un relato tan monótono como el que hubiese sido si yo en lugar de omitir y agregar algunos datos hubiera develado la verdad desde el inicio, no tendría ningún sentido. Ahora no oculto nada por que ya estoy harto de mentir, quiero que mi conciencia descanse un poco.
-Muy gracioso -dice Ulrich con esa escasa sutileza que caracteriza a los psicólogos - no esta tan loco después de todo, Gustav.
Cambiando de tema, el consejo examino su caso y hoy mismo podrá usted abandonar las instalaciones. Esta listo para incorporarse a la sociedad, siempre lo estuvo. Vamos a extrañar sus historias amigo- da por cerrada la conversación y sale del cuarto.
Unas horas mas tarde por fin me encuentro fuera del manicomio, lejos de los gritos, los llantos, los intentos suicidas de los internos presas del pánico y la locura. Por fin soy libre.
¿Ahora que hago? Nunca pensé en lo que me esperaría cuando estuviese de nuevo en el mundo real. Solo me queda, para comenzar mi nueva vida, recordar la antigua. Iré a visitar a Bacon.
Al llegar a la dirección escrita en el pequeño trozo de papel que Ulrich me proporciono días atrás, me encuentro con que la puerta esta abierta. Entro sin prudencia. ¿Que es lo peor que puede pasar?
Se escucha una voz como de fondo en la tenebrosa sale y dice:
-Te estaba esperando.
No hay ninguna duda, es Bacon. No se por que razón me entran unas ganas inmensas de abrazarle. Ya ni siquiera me molesta que me entregara a los soviéticos. Su voz le dio vida a mi alma. Me acerco a el mientras se levanta taciturno de su sillón. Alcanzo a ver en la esquina de la pieza a Inge mirándonos desde una silla.
Tanto tiempo, tanto de que hablar, ¿por qué nunca me visito? Se lo pregunto y estrechándome la mano dice:
-Debemos encontrar al Klingsor, Gustav. Necesito su ayuda.
Su locura revive toda mi juventud. De pronto vuelven a mi mente Natalia, Heini, Marianne, la guerra. Mi corazón se desborda de alegría con esas palabras. ¿Seria posible que la aventura se repitiera?
-Por donde comenzamos- le digo en tono vacilante. Y el telón se cierra.
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Este como una especie de final que escribi hace algun tiempo de la novela de Jorge Volpi con el mismo titulo. En verdad es un gran escritor y con todo el respeto y admiracion que le tengo, me atrevi a hacerle este pequeño homenaje.
Por: G. C. R.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
La red de sueños
Hay una red que ondula
sobre mi cabeza. Una ilusión
que hace parecer mas pequeño
todo. Una lupa seccionada,
como si al viento le hubieran
nacido un millón de ojos en la brisa.
Esta ese objeto-bestia
que parece amamantar al mundo,
que da impresión de nutrirlo
de visiones, de vástagos rotos,
de llantos aprisionados en piedras,
de claros con olor a sal,
de montañas, como si un
embudo gigante propiciara
todo con su caridad ínfima.
Flota y continua en total
oscuridad, como si ese
color negro suyo fuera
un brillo distinto. Como
luz negra, una luz carnosa
y con vida, un tono de piel
que respira y piensa, un pigmento
ajeno al cuerpo mismo.
Sigue esa red sobre mi cabeza,
incitante, lívida. Termina su faena
y se va envuelta en la luna,
como si ambas fueran de goma,
mezclándose como gotas
en un cristal y dejando a flote
un extraño sueño en todos
los parpados.
Por: G. C. R.