sábado, 7 de agosto de 2010

Rastro

Se vuelven
bestias,
rondan su propia estela
con unas fauces discretamente
guardadas en la sombra
o en la figura que proyectan
contra el polvo.

Dejan de arrodillarse,
no asisten a las misas,
se reflejan en la espina
de la verdad
sin permanecer inmóviles.

Entienden nunca,
no caminan por los laberintos,
ni juegan a los sabores.

Odian el aroma de la luna
y el color del viento.
No quieren despojarse
de sí.
Se hunden solos,
llevando a todo lugar su sepultura.

Arriesgan lo que sea,
se extravían
habitualmente
y son fáciles de encontrar.
Nunca están ahí,
ni en otro lado.

A veces
no les alcanza la voz,
se alejan de cualquier pétalo.
No responden
y jamás pedirán
una respuesta.

Son anónimos.
Saben morir
con gracia;
todo lo aceptan
y encarnan.
Toman prestado un sólo ojo
para utilizarlo nunca.

Son inconscientes,
malditos,
exiliados por un tumulto
de manos terrenales
que los apuntan al mismo tiempo.

Y sólo recuerdo que intentan
la tarde;
intencionalmente
se les dibuja una fecha
o una canción.
Son un propósito,
sólo una vez y para siempre.

Prescinden
de los otoños.
Insisten en
esquivar las hojas,
su espeluznante ruido,
el absurdo de tocarse
los muslos con la dentadura.
Todo es tan raro, sí.

No sé cuándo se volvieron
tan insoportables,
tan poco nítidos.
Aún no sé
cuándo comenzaron a
mentir con la lengua enroscada
en las esferas
de su propia despedida.

Se regocijan.
Viven sin prestar
atención
y van sobre las rectas
siempre,
arrullando su tristeza
en pequeños cántaros
de madera y piel.

Notan que hanse
quedado completamente solos,
pero no se vuelven
de agua,
no cierran las ventanas,
no cambian las sábanas,
ni el color de la cocina.

Todo les llega sin dar señales,
aunque es nada,
y lo tiran en el umbral;
lo plantan a un lado
del pequeño letrero
en el piso,
justo debajo
de algún semidiós
que se destruye
sin que lo toquen.

Difícilmente aceptarán
el rito de vivir.
Será imposible,
además,
llevarlos al paraíso
o al infierno.

Allí quedan.
Donde nadie
alcanza a llegar,
cerca de la
completa lejanía.

Ellos
-nosotros-
nunca dejarán
de ser los mismos.








“Los amorosos son locos, sólo locos, sin
Dios y sin diablo”

J.S.

viernes, 25 de junio de 2010

Tríptico de visiones

Este ojo se sostiene con
pequeñas perlas.

A un lado hay un trazo
que guarda la llama,
que se tiende al antiguo
aroma de las oraciones,
y se apaga y tiembla,
y sigue temblando.

No se derriten las máscaras.
Se nubla el sonido
de un amanecer estrangulado
con sus propios alambres,
mientras el fondo de la ceniza
mantiene su nuevo cuerpo.

Pero no me des forma,
mírame ahora que pierdo
la trayectoria de los barcos,
en la tímida decadencia
que me brota de las palabras.

Mírame desde lejos
y sin mirar,
mírame con tus dedos
de ave,
con esas extremidades
que sumerges tiernamente
en la coraza de lo invisible.

Fija tu caída en otro lugar,
impacta
contra cualquier sonido,
piérdete como yo,
sin buscar eso que persiguen las venas,
imaginando círculos
y mentiras,
salvando lo que no se puede conservar.

Pero se alejan las últimas
pisadas
y la multitud es ahora esa perla,
un camino de bestias y gritos
haciendo espiral
entre un momento y otro.

lunes, 14 de junio de 2010

Impreciso

Falta que se mueva una visión de alba

antigua cáscara de tranquilidad y olvido,

sangrante,

gastado y líquido,

gélido caer de médulas plomizas

que se unen y van rasgando

una a una

el momento de la inmensidad.


Falta que el error tenga esferas;

farsas tornando la vulnerabilidad

de los espejos,

del verdadero signo,

ese fragmento que se despoja

al estar nunca y siempre

en la extasiada fugacidad

de las luciérnagas.


Porque se diluye la fragilidad,

la muerte de la muerte

en la plenitud y lo complejo,

dolorida e incapaz,

cansada de ser sombra volátil,

raspando el cristal con la mandíbula

vuelta hacia la profundidad,

buscando un caparazón en la ventana

de una lluvia sin huesos ni remembranza.


Pues se ha de ir por la pradera

cayendo alguna vez a la espiral

errante que no se sostiene

en encantos o en la cavilación

de breves augurios.


Y se basta en sí,

simples ángeles suben un portal

que se dibuja inalcanzable

y se contiene de contemplar

con los ríos de la figura desarticulada

que plasma sólo un costado de su trino,

imagen de los débiles en la mar.

jueves, 3 de junio de 2010

Poesía inacabada

Te doy este estúpido canto de gorriones
noches desgarrando la pupila
manchando la voz de silencio
la claridad que se endurece por algún rayo

Ya soy para el tiempo y las palabras
el vértigo extraño de caer solo
de sólo caer en el sudor
que sostiene mi regreso
de sólo tejer la situación
otra vez solo

Siempre quiero ser eso nuevo
el corazón que se abre como una palma
la muerte que todos desean
el deseo ése por el que mueren

Y me abstengo de los símbolos
me rompo la cabeza misma contra las nubes.

martes, 6 de abril de 2010

Ilación de oblicuidades

Siempre queda avidez tras la roca en nuestro costado: hay fugacidad también en lo eterno; hay laceradas estelas de larva. Bulle la bestialidad; el animal espectro de las letras; la inconsciente aniquilación de los vapores y las imágenes congeladas. Siempre araño la párvula representación del cielo en los brotes de la inmovilidad, estatuaria corteza, lenguas que fingen encuentros bajo un cruel filo de vacuidades.
Todo es presencia invisible de lo antiguo, lo que rompieron amplias bocas en el cristal… así, dulcemente se nos mueren la súplicas, se nos va desangrando una tentación entre los capullos nocturnos de cualquier viaje.
Y es que la tarde es tan pausada sombra de albas segmentadas que, a razón del tiempo en que se desmorona todo, dejan de ser las calles y las distancias: verdad de esto que me partió el cuello con una caricia de mano en llamas.
Hay esos fragmentos que enterraron en la costa; sonidos que arranco de esqueletos en ventana de alguna celda; angustias de paraíso abierto por la espalda, raído de sueños y subterráneas palabras de sosiego mecanizado. Como si hubiera ese estallido que limpia las palmas, esa carcajada de milagro líquido. Pero nunca pasa, y siguen los inicios pausados a un lado de la madera y el paladar, rumiando la barrera sutil de algo posible.
Y lo escribo con tranquilidad. Busco en la arena de los sentidos, cráter de ángeles que llovieron desde una garganta de efigie; de gárgola que regresa constantemente a cuando nada había, como los relojes, por nostalgia y soledad. Esto es el momento, golpes que suavemente descubren raíces envenenadas en el camino largo de las venas y los lirios... esto es, un grito pegajoso entre los silenciosos juegos del polen y la carne.
Es por eso y por el aislamiento; es porque me gusta perderme y soportar el calor de los contornos: volcándose y dando tumbos al interior de la bruma. Llegando del corazón mismo de lo intangible, pintando miradas que arden a manera de orlas en la silueta orquestada de la incertidumbre.
Será que merezco la edad de los sueños, en esta mi piel que de nunca sabe y en los todos desconoce inciertas fachadas de tierra; será que de algún modo me quedé absorto en el iris corrupto y las baldosas de mi encierro; que allá, cuando las trompetas anuncien la perdición de la tinta, el viento y los preludios abrirán selectivos cadalsos para los que sigan de pie entre las brasas y la mediación en lo oscuro; será que será famélica tanta espera de arrebatados juegos.
Tenía que decirlo: el final es sólo pequeñas fisuras; quebranto en la tumba de un beso y su tardío devenir; analogía del fuego y el templo en que todo pasa.

lunes, 15 de febrero de 2010

Historias de un árbol muerto.

Poco sé de lo real:
dibujantes imprecisos,
parcas piezas de certeza...
inviolable, tal vez,
entre poco de visión
y mucho de sombra.

Allá es más cerca,
hay un rugir de ceniza,
de dioses sin color
rompiendo telas de sueño.

Allá observa un jaguar
cuando algo brota,
como pausada espiral,
ojo de ciervo en la corteza,
raíz de antiguas almas,
brutalidad
y metal sin hueso.

Un grito segrega los bosques,
cual cicatriz,
desde el suelo al nunca,
y se abren párpados de incienso.

viernes, 5 de febrero de 2010

Yo que nunca pinté la realidad,
yo que ni pensar en un trazo;
que sin saber de lo simple y lo complejo;
que sólo, solo, solía silbar
bajo el frío de los párpados.

Yo que de mí nunca supe
más que poco menos aún que nada,
encontré un azul
-de unicornio y aire-.

Un azul de luna y de canción,
de sueño en sueño.

Yo que basta, para tú, cerrar la vista,
porque te pienso
y extraño,
desde siempre.

Y así es:
hay ojos que dan sentido;
que tienden a hacerse uno,
y mirar la eternidad
en las manos de un cíclope.

A toda hora,
en los relieves de la luz,
y en su ausencia,
cómo te amo.
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